Afara / Alfara

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https://hdl.handle.net/11730/guatc/50

Con estas dos formas variantes se llama a una elevación singular dentro del complejo de los Lomos de Ajonse, en El Hierro, municipio de Valverde. Las dos formas de Afara y Alfara las recogimos nosotros de la tradición oral como variantes de expresión (Trapero et alii 1997: 112), mientras que el catastro municipal solo cita la segunda forma, y estos son los únicos registros que conocemos de este topónimo.

Debe señalarse la proximidad fonética, y muy posiblemente también etimológica, de esta voz herreña con otros topónimos canarios, como el gomero Fara, los tinerfeños Ifara y Afur, el grancanario Tafira y otros. De la misma manera, en una data de Tenerife de 1514 se nombra un "camino de Afare" (Datas: doc. 1098) que no sabemos localizar aunque es posible que se refiera al Afarara de las cumbres de Güímar. De este término Afare dice Wölfel (1996: 921) que existen en el bereber paralelos para el radical FR, pero no nombra ninguno.

Por nuestra parte podemos decir que el topónimo herreño, aparte de la vocal inicial típica del masculino singular del bereber de la variante Afara, tiene una correspondencia exacta, tanto desde el plano de la expresión como desde el contenido, con la voz del habla ahagar afara 'lugar cubierto de una vegetación persistente' y con la voz afarra con el valor de 'cercado' (Foucauld 1951: 337 y 338; y Laoust 1920: 476). Con toda evidencia se trata de un término derivado del radical FR, generalmente recogido por la documentación escrita con diferentes acepciones, según sea el uso en cada una de las hablas en el que está documentado. La primera y más general, en la mayor parte de las hablas, es ifri (pl. ifran) con el significado de 'cueva, caverna'. Mercier (1949: 61) piensa que este étimo es el que está detrás del nombre del continente africano. Según él deriva de afri, nombre con que se denominaba antiguamente la población bereber que vivía en las zonas ocupadas por los púnicos que hoy en día corresponden al actual Túnez, y que luego fue retomado por los romanos transcribiéndolo África, nombre del que procede la denominación actual del continente africano. Por tanto, con esta acepción es muy productivo en la toponimia: Ifran, nombre de una ciudad en el Atlas Mediano, Beni Ifran y Beni afer en Túnez; y en Argelia: Aïn Tifrit, Oued Tifran, Tifra, Tafraoui, Ghar Ifri, etc. Esto coincide con la interpretación que Sabir (2001: 292-293) ofrece para Tafira, y es coincidente también con la que nos ofreció una profesora amiga de la Universidad de Argel, hablante nativa del bereber de la Kabilia, pues allí el verbo ifer tiene el significado básico de 'esconder'.

La segunda acepción es la de 'vegetación abundante' que tiene, por ejemplo, la voz afar en el habla chelja. Así, en Taitoq y Ahagar, Afara es, respectivamente, 'bosque' y 'lugar cubierto de vegetación persistente'. Y la acepción tercera, probablemente derivada del significado 'cueva', da nombres de lugar con el valor de 'estanque o depósito artificial para contener el agua'.

Cualquiera de estas tres acepciones del Afara bereber conviene al Afara canario, pues, en efecto, el lugar herreño así llamado está dentro de los Lomos de Ajonse, intrincados en su geografía oculta y cubiertos la mayor parte del año de un manto verde, y es la región en que se situaba el famoso árbol-fuente Garoé, bien escondido a la vista de los conquistadores, y en el que están las también famosas albercas de Tejegüete (estas ya de época hispana) que abastecían de agua a toda la isla en tiempos de sequía. Justamente sobre el ocultamiento que los bimbapes aborígenes hacen del famoso Árbol Santo o Garoé a los normandos que llegan a la isla a principios del siglo XV con ánimo de conquista, siendo ese prodigioso árbol la única "fuente" segura de agua con que contaba la isla, está en la base de la leyenda histórica de Moneiba, princesa bimbape (a todos los personajes femeninos aborígenes se les convierte en las leyendas en "princesas"), quien se enamora de Maciot, el sobrino del conquistador Jean de Bethencourt, y le revela el secreto del Árbol, haciendo traición a su pueblo.1

1 La leyenda de los amores de la aborigen Moneiba y el conquistador normando Maciot y del descubrimiento que la primera hace al segundo de la existencia del Árbol Santo o Garoé, tiene su origen escrito más antiguo en el relato de dos personajes extranjeros que pasaron por las Islas en la segunda mitad del siglo XVI camino de las Indias, el milanés Girolamo Benzoni y el cosmógrafo francés André Thevet. Pero es lo más probable que sus versiones no fueran recogidas directamente de la tradición oral de las Islas, y menos específicamente de la isla de El Hierro, sino que emanaran de sus compilaciones de lecturas varias sobre las Islas Canarias. Ninguno de los dos autores da los nombres de los protagonistas, por lo que ha de suponerse una versión anterior, pues, en efecto, el nombre de Maciot es perfectamente histórico y el de Moneiba ha pasado a la tradición oral de una manera definitiva. Pero es curioso que en ninguna de las fuentes históricas españolas sobre la isla de El Hierro se contenga este relato, a pesar de que todos los autores dedicaron amplio espacio al prodigio del Árbol Santo. La leyenda de Moneiba y Maciot ha sido recreada modernamente de forma muy ampliada y libre por el escritor grancanario Emilio González Déniz: Garoé: Leyenda del árbol agua. Santa Cruz de Tenerife: Centro de la Cultura Popular Canaria, 1996.

El relato de Benzoni es el siguiente: "Cuando los españoles acudieron a dominar la isla, se quedaron extraordinariamente asombrados al no encontrar agua, ni pozos, ni ríos. Al preguntarles a los nativos de dónde sacaban el agua, dos contestaron que se servían de la de lluvia, que recogían en unas vasijas y luego conservaban para sus necesidades, habiendo ocultado antes el árbol con cañas, tierras y otras cosas, por considerar que si los españoles no encontraban el agua necesaria, se marcharían de la isla y de sus tierras. De poco les valió, sin embargo, esta astucia, porque una isleña a la que cortejaba un español le descubrió a este el árbol y su secreto. Al comunicárselo a su capitán, este no pudo evitar la risa, considerándolo una fábula. La mujer recibió su merecido, porque imaginando los notables de la isla que había sido ella la delatora del árbol, la hicieron morir poco después y en secreto".

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ISLA   EL HIERRO


MUNICIPIO    Valverde


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